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Quienes hemos leído fielmente la sección ¿Sabía usted?, escrita durante años por Robert Stephen Sabean, sabemos que Bob ha dedicado buena parte de su vida a conservar la memoria del ministerio de Campamentos Cristianos Internacionales, América Latina. Ha reunido fotografías, documentos, cartas, nombres, testimonios y anécdotas para contar la historia de otros.

Hoy nos toca a nosotros asomarnos a algunos de los recuerdos que nos permitirán conocer más la historia del historiador.

Imaginemos que juntos recorremos un pequeño museo. No encontraremos vitrinas llenas únicamente de reconocimientos, aunque los hay. Encontraremos escenas de una vida: una familia, una Biblia, una pelota, un campamento, un llamado, una esposa, una misión.

¿Están listos? Comencemos.

La primera sala
Al entrar, encontramos un árbol genealógico que reúne varias generaciones de la familia de Bob.

Sus ramas se extienden por distintas regiones de Nueva Inglaterra y las Provincias Marítimas de Canadá y cuentan una historia marcada, generación tras generación, por la fe cristiana. Entre ellas aparecen los nombres de William Sabin y John Crandall, antepasados de Bob que participaron activamente en la vida de sus comunidades y sus iglesias.

La línea Sabin llega hasta Elmer Clyde Sabean, padre de Bob. La línea Dixon nos lleva hasta Myrna Maud Dixon, su madre. El padre de Myrna, David Wycliffe Dixon, se convirtió a Jesucristo a los quince años y, años después, fue ordenado como predicador.

Elmer y Myrna forman la familia en la que crecerán Robert, David y John.

Muchos años después, al contemplar este legado familiar, Bob escribiría que siempre le había impresionado ver la mano de Dios obrando a través de generaciones. También expresaría su deseo de haber influido en sus descendientes, dejándoles la bendición de seguir a Dios.

Ahora podemos acercarnos un poco más.
Detrás de aquellos nombres encontramos una casa en Waltham, Massachusetts. Allí crecen los tres hermanos Sabean Dixon: Robert, David y John.

Elmer se ocupa de que sus hijos asistan a la iglesia y participen juntos en el culto. Los domingos, al regresar, la familia se reúne alrededor de la mesa para compartir el almuerzo que Myrna ha preparado.
Cuando evangelistas y músicos cristianos llegan a Boston, Elmer también lleva a sus hijos a escucharlos.

Myrna ocupa otro lugar en aquella formación. Es una mujer de oración. Cada noche les lee historias de la Biblia y se preocupa por la vida espiritual de sus hijos. Aunque su propio llamado misionero no llega a cumplirse como había soñado, comienza a pedirle a Dios que alguno de sus hijos lo responda. También aparta, con sacrificio, parte del presupuesto familiar para enviar a Robert, su hijo mayor, a campamentos cristianos.

En las calles alrededor de la casa hay espacio para jugar. Robert y sus hermanos convierten la entrada y la calle en un improvisado campo de juego. Una pelota de tenis rebota en las escaleras, corre por la calle y mantiene a los muchachos en movimiento hasta que llega la hora de entrar. Elmer es el mayor animador de aquellos juegos y hasta sabe perdonar alguna ventana rota por culpa de una pelota.

Es una infancia sencilla: iglesia, familia, escuela, juegos y aventuras.

Cuando estés listo, salgamos de esta sala y sigamos por el largo pasillo que tenemos delante.

El pasillo: Campamento Pineridge
Al avanzar por el pasillo, la primera escena nos lleva al verano de 1946. De pronto aparecen los árboles, los pinos, las montañas, los lagos y las cabañas de madera. Y, entre ellos, un chico de nueve años.

Durante años, Myrna había escuchado por la radio los anuncios del campamento bíblico de verano. Las descripciones de las aventuras junto al lago y de las oportunidades de crecimiento espiritual despertaron en ella un deseo sencillo: que su hijo mayor pudiera vivir aquella experiencia. Durante un par de años apartó discretamente parte de la asignación familiar hasta reunir lo suficiente para enviarlo dos semanas a Camp Pineridge, en Rumney Depot, New Hampshire.

El 29 de junio, Bob sube con su madre al tren en Waltham. Juntos recorren los doce kilómetros hasta la Estación Norte de Boston. Allí Myrna lo ayuda a subir a otro tren, esta vez con destino a los bosques, las montañas, los lagos y los ríos de New Hampshire. Bob ya había hecho viajes largos en tren, pero esta vez hay una diferencia importante: por primera vez se dirige solo a un campamento, lejos de casa.

Mientras el tren se aleja, Bob ve a su madre despedirse desde el andén con una sonrisa a la vez orgullosa y melancólica.
Cuatro días después, ocurre algo que cambiará para siempre el significado de aquel viaje.

Es miércoles 3 de julio. Bob está sentado sobre un lecho de agujas de pino, en medio del bosque, junto a otros sesenta acampantes. Esa noche escuchan a David Evans, un levantador de pesas que, además de impresionar a los muchachos con su fuerza, les comparte el evangelio de Jesucristo y los invita a entregar sus vidas a Jesús.

Bob responde al llamado y, aquella noche, a los nueve años, entrega su vida a Jesús y lo reconoce como Señor.

El campamento le abre un mundo completamente nuevo: cabañas, aventura, natación, caminatas, música, manualidades y juegos de pelota. La primera noche juegan a Captura la Bandera, utilizando los densos bosques como escondites. Las risas, los gritos y la emoción del juego dejan en Bob un gusto por la recreación que lo acompañará durante toda su vida.

Pero el campamento le ofrece algo más. Sus confidentes le enseñan una práctica sencilla que llegará a formar parte de su vida: apartar cada día un tiempo a solas con Dios para orar y leer la Biblia. Bob no recuerda qué pasaje leyó aquel primer día ni por qué oró; sí recuerda que aquella práctica terminó convirtiéndose en un hábito permanente.

Sigamos por el pasillo. Un poco más adelante encontramos otra escena, varios años después del primer verano en Pineridge.

Segunda estación: un mundo que se ensancha
Bob ya tiene doce años y está en su cuarto verano en Pineridge. Los pinos, las cabañas, los lagos y los senderos ya forman parte de su mundo, pero cada verano trae nuevas experiencias y responsabilidades. También han cambiado quienes lo rodean. Muchos de sus confidentes son veteranos que han regresado de los campos de batalla de Europa y el Pacífico y ahora estudian en universidades evangélicas. Bob observa en ellos una integridad y una fe que le impresionan profundamente. Quiere ser como ellos y seguir a Jesús con seriedad.

Durante aquellas ocho semanas también llegan misioneros que hablan de Ecuador, Nueva Guinea y el Japón de la posguerra. Algunos, que llevaron fusiles durante la guerra, ahora llevan el evangelio. Sus historias despiertan en Bob el deseo de servir a Dios como misionero.

En el verano de 1949, a los doce años, Bob decide dedicar su vida al servicio misionero.

Una noche, durante el culto en el Tabernáculo, se levanta con el corazón palpitante y camina por el pasillo central. Para él, aquel momento se convierte en una decisión que marcará el rumbo de su vida.

Pineridge también sigue ampliando su mundo de otras maneras. Bob participa en caminatas y excursiones por las montañas de New Hampshire y disfruta las competencias de sóftbol, donde jugar en tercera base se convierte en una de las grandes alegrías de aquellos años.

El agua ocupa un lugar especial en esa formación. En el lago Morningside aprende a nadar y a navegar en canoa, y los deportes acuáticos se convierten poco a poco en una de sus grandes pasiones.

Sigamos avanzando por el pasillo. Un poco más adelante encontraremos otra sala.

La siguiente sala: Boston
Bob tiene trece años. Su padre lleva a sus hijos a escuchar a evangelistas y músicos cristianos que llegan a Boston. Entre ellos está Billy Graham. Bob recuerda haber asistido a sus reuniones.

Nancy también está allí. Durante aquellas mismas reuniones entrega su vida a Cristo. Bob todavía no la conoce, pero años después descubrirá que, mientras él escuchaba a Billy Graham en Boston, la joven que un día sería su esposa también estaba allí, dando un paso decisivo en su propia vida de fe.

Salgamos de esta sala y volvamos al pasillo. Un poco más adelante encontraremos otra estación.

Tercera estación: el conFIDENTE
De regreso en Pineridge, Bob tiene trece años y quiere quedarse las ocho semanas completas. Pero una estadía tan larga es demasiado costosa para su familia, así que decide trabajar para ganarse la comida y el alojamiento. Pasa a formar parte del equipo de cocina y se dedica a fregar platos, ollas y sartenes. La camaradería del equipo hace que el trabajo resulte agradable.

Durante los dos años siguientes, Bob seguirá creciendo dentro del campamento. Hasta que, en el verano de 1954, una visita inesperada a la cocina cambiará nuevamente su lugar en Pineridge.

A los quince años, Bob lleva apenas dos semanas de ese largo verano cuando el director del campamento entra en la cocina, llena de vapor, y le comunica que tienen un problema: el confidente de la cabaña de los Pioneros ha sido despedido y necesitan que alguien ocupe su lugar.

Un minuto antes, Bob estaba raspando avena quemada de una sartén. Al siguiente, era confidente.

Ahora tiene a ocho muchachos de doce años bajo su responsabilidad y debe guiarlos durante las siguientes seis semanas.

La rutina comienza con la higiene personal, seguida de un tiempo a solas con Dios para orar y meditar en la Biblia; después vienen el desayuno, el orden de la cabaña y el estudio bíblico.

Ayer, la mayor responsabilidad de Bob era una montaña de platos sucios. Ahora debe enseñar la Biblia durante una hora a ocho muchachos de doce años, todos los días durante seis semanas.

Por primera vez, Bob descubre que enseñar la Biblia también forma parte de su responsabilidad dentro del campamento.

Sigamos por el pasillo hasta la siguiente estación.

Cuarta estación: el regreso
Continuamos en Pineridge.

En junio de 1955, después de su primer año de universidad, Bob enfrenta una decisión difícil. No tiene los recursos para pagar los tres años que le quedan de estudios y necesita encontrar un trabajo de verano que le permita reunir el dinero necesario.

Pide consejo a un misionero que está de visita y le plantea dos posibilidades: buscar un trabajo remunerado o volver a Pineridge.
La respuesta del misionero es breve: «Vuelve al campamento

Bob sigue el consejo, aunque no está completamente seguro de haber tomado la decisión correcta. Regresa al familiar aroma de los pinos y al lago Morningside, esta vez como director del área acuática.

Quinta estación: el encuentro
Ese es el verano en el que conoce a Nancy Joyce Westmoreland.

Durante las reuniones del personal previas a la llegada de los acampantes, Bob se fija en aquella joven confidente del campamento femenino. Su sonrisa, escribe muchos años después, era como «un rayo de sol». Por su responsabilidad en el área acuática, Bob supervisa la natación y la navegación de ambos campamentos. Nancy toma su curso de seguridad acuática y, cuando llega el momento de enseñar las técnicas de rescate, él la elige como asistente. Mientras la guía en los movimientos, con las manos de ella entre las suyas, los nervios se apoderan de él.

Los domingos, los acampantes de ambos campamentos se reúnen con los adultos para el culto en el Tabernáculo. Bob descubre que sus ojos la buscan casi instintivamente entre la gente. Nancy suele llevar una flor en el pelo, y desde donde está él puede reconocerla fácilmente.

Pero una cosa es mirar de lejos y otra muy distinta acercarse.

Bob es demasiado tímido para invitarla a salir, así que necesita ayuda. Le cuenta al director del programa que está interesado en Nancy y le pide que haga correr la voz. Bill se encarga de anunciarle a ella que Bob piensa invitarla a una cita.

Finalmente llega el momento.

En la playa, Bob intenta hablar con Nancy, pero los nervios se apoderan de él. Baja la cabeza, hunde los dedos de los pies en la arena mojada y siente que el corazón le golpea contra las costillas. Trata de invitarla a salir, aunque después confesará que ni siquiera recuerda lo que dijo.

Nancy, sin embargo, ya sabe de qué se trata. Con una mirada dulce y comprensiva, acepta.
Y así comienza todo.

La historia de Bob y Nancy continúa. En octubre compartiremos la segunda parte.

Algunas personas pasan la vida haciendo historia. Otras pasan la vida ayudándonos a descubrir la mano de Dios dentro de la historia. Bob ha hecho ambas cosas.

En CCI América Latina hemos visto, década tras década, innumerables escenas de panes y peces multiplicados de maneras que solo pueden explicarse por la fidelidad de Dios. Hoy tenemos el privilegio de ver algunos de los primeros momentos de esa historia: aquellos en que Bob y Nancy recibieron en sus manos lo que Dios les confiaba y decidieron ofrecerlo para su servicio.

Es un honor haber presenciado, a través de los años, tantas escenas de esa multiplicación y reconocer que muchos de nosotros somos fruto de ella.

Esta historia fue elaborada a partir de la Autobiografía Anecdótica de Roberto (Bob) Sabean, volumen I, publicada en 2026.

 

EL 4 DE OCTUBRE, BOB CUMPLIRÁ 90 AÑOS. QUEREMOS QUE ESTA OCASIÓN SEA TAMBIÉN UNA OPORTUNIDAD PARA RECONOCER LA FIDELIDAD DE DIOS EN LA VIDA DE BOB Y NANCY Y CELEBRAR JUNTOS TODO LO QUE ÉL HA HECHO CON AQUELLOS PANES Y PECES. SI SU VIDA HA SIDO PARTE DE TU HISTORIA, DEJA DESDE AHORA UNAS PALABRAS DE FELICITACIÓN Y GRATITUD AL CUMPLEAÑERO.

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