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—Voy a pescar —dijo Pedro con voz ronca, quebrando el silencio de la sala donde todos permanecían ocultos desde hacía varios días.

Había visto la tumba vacía. Su corazón se había llenado de alegría y esperanza. Pero el canto de aquel gallo y el crepitar de las llamas seguían resonando en su memoria. También había visto a Jesús aparecer en medio de ellos, atravesando las puertas cerradas y demostrando que estaba vivo de verdad. Sin embargo, no había sido capaz de mirarlo a los ojos. Todavía no estaba listo.

—Nosotros vamos contigo —respondieron los demás.

Parecían ovejas desorientadas. No sabían qué hacer ni hacia dónde ir.

La noche era serena, como si ocultara un secreto que estaba a punto de revelarse.

En medio de la inmensidad del mar, el silencio de la barca guardaba preguntas, dudas, certezas calladas… y culpa. Mucha culpa.

Cuando el sol comenzó a levantarse sobre el horizonte, los adormilados ocupantes de la barca apenas intercambiaban comentarios en voz baja sobre la pesca infructuosa y el frío de la madrugada.

Entonces, una voz desde la playa atravesó el silencio del mar y llegó hasta la barca:

—¡Buenos días! ¿Pescaron algo para el desayuno?

—No —respondieron.

—Tiren la red a la derecha de la barca y vean qué pasa.

Ellos obedecieron. De pronto, la red se llenó de tantos peces que ya no podían sacarla.

Juan fue el primero en reconocerlo.

—¡Es el Señor!

Pedro no lo pensó dos veces. Se lanzó al agua.

Mientras nadaba hacia la orilla, recordó aquella otra vez en que se había lanzado de la barca para ir hacia Jesús. Aquella vez terminó hundiéndose. Hoy tenía la sensación de estar ya hundido.

Al llegar a la orilla, Pedro encontró a Jesús junto a un fuego encendido. El crepitar de las llamas le resultó inconfundible. Guardó un silencio incómodo; no sabía qué decir. Veía delante de él al mejor hombre que había conocido, tranquilo y tan vivo que aún le parecía imposible verlo allí.

Cuando llegaron los demás, Jesús les dijo:

—Traigan de los peces que acaban de pescar.

Pedro se acercó a la red, tomó unos peces y los puso sobre las brasas.

Entonces Jesús habló de nuevo:

—Vengan, coman.

Todos se acercaron.

Las palabras estaban de más. Sabían quién era él y lo que había pasado, pero temían interrumpir ese momento con preguntas.

Recibieron de las manos de su Señor el pan y el pescado. A todos los conmovió ver sus manos laceradas al recibir su porción.

Conversaban de cosas sencillas, casi sin importancia, pero por dentro se movían realidades mucho más profundas.

Pedro terminó de comer.

En su mente no dejaba de dar vueltas qué decir, porque la distancia entre él y Jesús se había vuelto demasiado insoportable.

Se levantó y caminó hacia la orilla nuevamente. Permaneció unos segundos mirando el horizonte, hasta que una voz detrás de él le erizó la piel.

—Simón, hijo de Jonás…

(Gracias, Señor… menos mal que hablaste tú primero. Pero… ¿por qué me llamas Simón? ¿No me habías llamado Pedro?)

—¿Me amas más que estos? —preguntó Jesús.

—Sí, Señor; tú sabes que te amo —respondió Pedro casi sin pensarlo.

Él le dijo:

—Apacienta mis ovejas.

(¿Qué tienen que ver las ovejas con esto?)

Volvió a decirle por segunda vez:

—Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?

(Señor, tú ves mi corazón.)

—Sí, Señor; tú sabes que te amo.

(Aunque no lo haya demostrado).

Jesús respondió:

—Pastorea mis ovejas.

(Ovejas… Claro. Aquella vez Jesús habló de la gente como ovejas sin pastor, perdidas y sin protección… ¿Será eso lo que quiere decirme?)

Por tercera vez Jesús le preguntó:

—Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?

(Por tercera vez…)

El corazón se le oprimió con la misma fuerza que aquella noche.

Tres preguntas.

Tres negaciones.

Recordó cuando le había prometido a Jesús que daría la vida por él. Recordó el canto del gallo. Recordó la desesperación de verse hundiendo en el mar.

Y entendió.

Cuando sus ojos se encontraron con los de Jesús, volvió a sentir el peso de aquella mirada. La primera vez había salido corriendo a llorar amargamente. Ahora, esos mismos ojos seguían llenos de amor. Pedro no veía condena. Veía perdón, redención y restauración.

—Señor, tú lo sabes todo. Sabes cuánto me arrepiento de haberte fallado. Sabes que fui un necio al confiar en mis propias fuerzas… Tú sabes que te amo.

Las palabras de Jesús cobraron un nuevo sentido en su memoria.

Antes de su muerte, Jesús le había advertido que Satanás lo pondría a prueba, pero también le había asegurado que había orado por él para que su fe no faltara. Y que, cuando volviera, fortalecería a sus hermanos.

Él nunca le prometió que no caería. Le había asegurado que, después de levantarse, habría una tarea esperándolo: cuidar de sus hermanos.

El peso que había llevado desde aquella noche dejó de aplastarlo. El amor de Jesús estaba sanando sus heridas, restaurando su relación con él y devolviéndole el propósito que creía haber perdido.

Entonces escuchó la voz amorosa de su Señor:

—Sígueme.

Lecturas bíblicas

Amigo, amiga:

Si hoy cargas con el peso de tus errores, recuerda a Pedro. El mismo Jesús sigue invitándonos a acercarnos:

—¿Me amas?

—Sígueme.

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