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El ser humano tiene una sorprendente capacidad para adaptarse al dolor y seguir adelante con la mayor normalidad posible, aun cuando algo no está funcionando como debería.

Si una muela duele, aprendemos a masticar del otro lado. Si nos lastimamos un dedo, procuramos no usar esa mano, aunque, curiosamente, pareciera que al dedo lastimado le caen todos los golpes. Una lesión en la rodilla nos obliga a renquear hasta que el dolor se vuelve tan intenso que, finalmente, buscamos ayuda médica.

Con el tiempo, el cuerpo aprende a compensar la lesión. Pero aprender a caminar cojeando no es lo mismo que haber sanado.

Algo parecido puede ocurrir en nuestra vida espiritual.

Todos experimentamos heridas, luchas, limitaciones o traumas. Esas debilidades forman parte de nuestra condición humana y, en sí mismas, no son pecado. Sin embargo, cuando intentamos compensarlas por nuestros propios medios, podemos alejarnos de Dios. A veces desarrollamos hábitos, dependencias o conductas que terminan dominándonos.

Por eso es importante distinguir entre una debilidad y un pecado. Haber sido víctima de maltrato puede dejarnos en una situación de debilidad, pero esa herida no nos da derecho a alimentar amargura o resentimiento. Del mismo modo, la ansiedad puede ser una debilidad real; sin embargo, cuando buscamos refugio en la comida —o en cualquier otro alivio predecible y controlable— en lugar de acudir a Dios, comenzamos a buscar en otras cosas el consuelo que Él quiere darnos por medio de su Espíritu.

La debilidad necesita gracia; el pecado, arrepentimiento. Y ambos necesitan la obra restauradora de Dios.

Con frecuencia pensamos que aquello que permanece oculto no puede hacer mucho daño. Sin embargo, la Escritura advierte acerca de «las zorras pequeñas que arruinan nuestros viñedos» (Cnt. 2:15, NVI). Del mismo modo, Isaías describe el pecado como «una grieta que amenaza ruina, extendiéndose en una pared elevada, cuya caída viene súbita y repentinamente» (Is. 30:13, RVR60). Lo que parece insignificante puede terminar dañando aquello que Dios está formando en nosotros.

La carta a los Hebreos responde precisamente a esta realidad. Nos exhorta a levantar «las manos caídas y las rodillas paralizadas» y a «hacer sendas derechas» para nuestros pies, «para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado» (Heb. 12:12-13, RVR60).

Muchas veces, al estar en posiciones de liderazgo podemos seguir adelante con luchas que nadie conoce. Es común que sintamos la responsabilidad de proyectar fortaleza, mantener una imagen de estabilidad o resolver nuestras batallas en silencio. Poco a poco, comenzamos a compensar aquello que Dios quiere sanar.

Dios no nos invita a resignarnos a una vida de compensaciones. Él quiere sanar lo que nos hace cojear.

La restauración rara vez ocurre en aislamiento. En el reino de Dios nadie fue llamado a caminar solo ni a colocarse por encima del cuidado de los demás. Eso incluye lo que llamamos rendición de cuentas: relaciones de confianza en las que permitimos que otros creyentes conozcan nuestras luchas, nos escuchen y nos ayuden a permanecer en el camino. No se trata de vigilarnos unos a otros ni de ejercer control, sino de caminar juntos para que una pequeña grieta no termine convirtiéndose en ruinas.

Santiago resume este mismo principio con sencillez: «Confiésense unos a otros sus pecados y oren unos por otros, para que sean sanados» (Stg. 5:16, NVI). Cuando dejamos de escondernos, Dios usa la confesión y la oración para traer sanidad.

Esa es una de las razones por las que, en CCI América Latina, valoramos la Comunidad Bíblica Temporal. Procuramos formar comunidades donde el perdón, la aceptación, la transparencia, la sanidad y el crecimiento puedan experimentarse de manera natural. En una comunidad así, la rendición de cuentas florece como una expresión del cuidado mutuo. La aceptación favorece la transparencia; la transparencia abre paso al perdón; y el perdón hace posible la sanidad y el crecimiento. La Comunidad Bíblica Temporal que experimentamos en un campamento es una pequeña muestra de la clase de comunidad que Dios desea para su pueblo mientras peregrina hacia la patria celestial.

Con cierta frecuencia nos enteramos de líderes cristianos cuya caída termina haciéndose pública. Cada caso produce dolor, hiere a personas, familias e iglesias y trae deshonra al nombre de Cristo. Rara vez esas caídas comienzan de un día para otro. Muchas de esas caídas son el resultado de una cojera que permaneció oculta durante demasiado tiempo.

Por eso Hebreos continúa diciendo: «Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que, brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados» (Heb. 12:14-15, RVR60).

Pero Dios no nos deja en esa condición. A través del profeta Ezequiel, declara: «Yo buscaré la perdida, haré volver al redil la descarriada, vendaré la perniquebrada y fortaleceré la débil» (Ez. 34:16, RVR60). Ese sigue siendo el corazón del Buen Pastor. Él restaura a sus ovejas y, muchas veces, lo hace por medio del cuidado, la exhortación y el acompañamiento de las demás ovejas de su rebaño.

El propósito de Dios nunca ha sido que aprendamos a convivir con nuestra cojera, sino que seamos restaurados mientras caminamos juntos siguiendo a Jesús.

 

Examina tu corazón con la ayuda del Espíritu Santo. Reconoce si, en esta etapa de tu vida, necesitas ser restaurado como una oveja que cojea o si Dios te está llamando a caminar junto a alguien que necesita cuidado y sanidad.

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