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S​​​​e incendia El Rosal! —dijo al entrar a la sala con paso firme. El rostro de Rodrigo reflejaba preocupación y angustia. No entendíamos del todo lo que ocurría, pero la noticia nos dejó en silencio. El corazón parecía acelerarse en todos.

Hacía solo un día había terminado el campamento de niños, y faltaban ocho días para iniciar el de jóvenes. Ahora, el fuego avanzaba, y lo único que podíamos hacer en ese momento era orar.

En esos días, Chile enfrentaba una serie de incendios forestales en el sur del país. Muchas personas perdieron sus hogares, comunidades enteras desaparecieron y, tristemente, más de veinte personas murieron. El fuego no solo consumía bosques, también dejaba dolor y desolación.

Eran las 8:00 p.m. del 17 de enero de 2026 cuando las llamas llegaron al sector El Rosal, en la comuna de Pinto, región de Ñuble. No era cualquier lugar. Allí se encuentra el sitio de campamento de la Asamblea de Dios Autónoma, un espacio que por más de cincuenta años ha sido instrumento para impactar vidas.

Al recibir la noticia, Rodrigo y un grupo de hermanos reaccionaron de inmediato. Formaron una brigada y se dirigieron al lugar con la intención de ayudar a contener el incendio. La información que tenían era alarmante: la cabaña de las damas estaba en llamas.

Al llegar a Pinto, las autoridades habían evacuado la zona y restringido el acceso.

—Vamos al campamento de niños —expresó Rodrigo.

—Pueden pasar, pero deberán ir a pie —respondió el agente.

Caminaron varios kilómetros mientras observaban el fuego elevarse a lo lejos. En su interior, una oración persistía: que el campamento estuviera a salvo. El trayecto estaba marcado por árboles encendidos y un ambiente que no daba señales de esperanza.

Sin embargo, al llegar, encontraron algo inesperado.

Las instalaciones estaban intactas. Solo una parte de la cancha de fútbol y el área cercana al río presentaban daños. El resto permanecía en pie.

Había ocurrido algo difícil de explicar.

En medio del avance del fuego, Dios mostró que su cuidado no depende de las circunstancias visibles, sino de su fidelidad constante.

La tarea no había terminado. Con palas en mano, comenzaron a trabajar para contener el fuego en los alrededores. Durante horas, lucharon contra las llamas en la cancha y zonas cercanas. Poco a poco, más hermanos se unieron al esfuerzo.

Algunos llevaron alimentos. Otros trasladaron víveres para los cuidadores del campamento. También llegaron equipos como motobombas para apoyar en la extinción del incendio. Cada necesidad fue cubierta a tiempo.

La jornada fue exigente y estuvo marcada por la unidad y el servicio. Cada acción reflejaba el deseo de cuidar un lugar que ha bendecido a muchos.

Cuando el fuego fue controlado, el grupo se reunió y, cansados pero agradecidos, alabaron a Dios por su fidelidad y protección.

El campamento fue preservado. Muchos hablan de un cerco invisible: aun cuando todo parecía perdido, Dios obró más allá de lo que podíamos comprender.

El Rosal sigue en pie, recordándonos que Dios sigue obrando y llamándonos a confiar en su cuidado aun en medio de la incertidumbre.

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