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El Miedo de un Segundo Intento

¡Asustado! Esta era mi cuarta vez como confidente de niños en un campamento. Mi última experiencia fue terrible. Tenía más de 15 niños a mi cargo, la indisciplina reinaba y mientras intentaba organizar a una parte del grupo, el resto escapaba. Solo para reunirlos perdía valioso tiempo. Las discusiones entre acampantes, eran pésimamente mediadas por mi persona. Estaba cansado, fatigado, molesto, impaciente y lo que hice fue sobrevivir. Levanté la bandera blanca, perdí el control del grupo. Como consecuencia, salí frustrado por mi desempeño, sintiendo culpa por mi pésimo trabajo.

¿Lo voy a lograr?, ¿Lo haré bien?, eran algunas de las preguntas que me hacía en este segundo round. Invertí tiempo en leer el manual de guía y orientación para consejero de cabaña. Me di cuenta de las faltas y errores que hubiese podido evitar en mis experiencias anteriores. Tenía un sincero deseo de aportar todo lo bueno en la vida de mis acampantes.

Un Grupo con Desafíos

Llegó el día y diez niños entre 11 y 12 años de edad estaban frente a mí. Todos con sus bolsos, mochilas, palos y probablemente algún tipo de armamento (pensé). Por supuesto ¡no podía faltar un líder entre ellos! Lo pude ver, ojos grandes, cabello color marrón, delgado, sonrisa pícara, cargaba una mochila enorme y una artillería de mil preguntas y ¡diez mil sugerencias! Me dije: «Este niño no vino a un campamento residencial, vino a un programa de supervivencia en las montañas».

Les di la bienvenida y nos presentamos. En el proceso, mis radares no pasaron por alto a dos niños introvertidos y tímidos. Los demás niños, rápidamente se conectaron con el resto del grupo. Había llegado el momento. ¡Tenía a estos niños a mi cargo! Oraba pidiendo a Dios ser un confidente que notara sus necesidades, sus fortalezas y a la vez impactar para bien sus vidas.

El primer día, parecía que todo marchaba muy bien. Volví a notar algunos rasgos en los niños tímidos:

  • No conversaban mucho, solo afirmaban con la cabeza y gestos.
  • No participaban durante los tiempos de reflexión y actividades.
  • Sus habilidades de interacción eran muy escasas.

Tenía la impresión de que fueron obligados por sus padres a asistir al campamento.

El Descubrimiento

Durante el segundo día, observé a uno de los niños usurpando mi rol de manera picaresca y con seguridad. Invitó al grupo a explorar el bosque. Me sorprendió ver a los introvertidos y tímidos, siendo parte de la experiencia. Ellos abrazaron la idea con sus gestos y sin hablar, solo participando.

Durante el tiempo libre por la tarde, volví a observar a ambos niños. Ellos estaban afanados corriendo al bosque con sus compañeros, dejándose llevar por la imaginación y las narraciones espontáneas del grupo. ¿Cuál era la trama de la narración?, guerreros yendo a liberar prisioneros de las garras de los monstruos, dragones y otras criaturas del bosque.

¿Cómo hacían estos dos niños para poder participar? es decir ¿Cómo peleaban contra dragones sin pronunciar palabras?. Los seguí y noté que participaban haciendo presencia cerca de sus compañeros. Escondiéndose entre la maleza, trepando obstáculos, mojándose y ensuciándose con lodo, pero no pronunciaban palabras. Los demás niños conversaban con naturalidad y no hacían preguntas a los niños que estaban callados. Ellos simplemente eran parte.

La Aventura que Cambió Todo

Esa noche, oré por mi grupo. Pensaba también en cómo mejorar la experiencia de estos niños por el tiempo que quedaba en el Campamento. Finalmente, una idea vino a mi mente, ¡sí, esta sorpresa iba a encantarles a todos!

Al día siguiente, pasado el mediodía, reuní al grupo dentro de la cabaña, pedí que se sentarán y les mencioné: «¡Hoy, les tengo una sorpresa a todos! ¿se imaginan qué puede ser?». Varios mencionaron: regalos, caramelos, cambio de cabaña, vales para comprar en tienda, etc. Finalmente, revelé la sorpresa. «Hoy ¡toda nuestra cabaña irá al bosque y a la montaña a explorar!».

Si viste alguna vez cómo los aficionados de un equipo de fútbol celebran un gol de su equipo favorito en el mundial, ese era el escenario en la cabaña. Gritos de celebración, ropa volando por los aires, niños saltando, algunos fingiendo tener un paro cardíaco y otros atónitos. Todos quedaron emocionados. Fijé mi mirada en los dos niños y ellos sonreían.

Luego de unas instrucciones oportunas y de seguridad, ellos estaban listos con: mochilas pequeñas, snacks, sombreros, cambio de ropa, agua, etc. Y entramos al bosque inexplorado.

De repente, fui testigo de ver que mi cabaña estaba más unida y avanzaban juntos. Algunos, los más intrépidos, decidieron sacrificarse para ir a la par de los más lentos. Risas, manos extendidas para ayudar, «gritos de guerreros», «lobos» y «cazadores valientes». Invadía la atmósfera del bosque.

Los rayos de sol iluminaban esa experiencia, ¡parecía que estábamos descubriendo América!

La Transformación

Al salir del bosque, nos dispusimos a subir la montaña inundada de vegetación. No podía dejar de sonreír, disfrutar y agradecer en mi corazón al Señor por el ambiente que observaba en el grupo. Los dos niños tímidos ¡hablaban! ¡Si, hablaban! podía ver mover sus labios y sonreír entre sus compañeros.

A una hora de ir escalando, nos detuvimos para descansar. El sudor cayendo en sus frentes se mezclaba con sus rostros radiantes. Tomando sus mochilas sacaron sus snacks, su agua y lo compartieron. Se quedaron viendo el paisaje denso de árboles. Podían lograr ver las copas de los árboles, la cadena de montañas a lo lejos. No faltó uno de ellos que hizo un aullido de lobo, otro gritó buscando ecos. Fue una tarde perfecta.

Tomé la palabra, y les dije lo orgulloso que estaba de verlos compartir entre ellos. Oramos juntos, agradecimos al Señor y continuamos con la aventura hasta retornar al sitio.

Los dos niños tímidos ¡No fueron más tímidos!, no señor, ellos comenzaron a conversar, a hablar, hasta me pusieron un sobrenombre, como bautizo, que quedó por años en la memoria de ellos. Unas semanas más tarde, conocí a los padres de ambos niños. Me sentía aturdido por las palabras de agradecimiento que salían de ellos. Entre las cosas que mencionaron, decían: «Mi hijo salió impactado de ese campamento, él conversa más de lo habitual. Quiere volver. Gracias».

Un Impacto Duradero

El Campamento llegó a su fin y mi rol de consejero también. Esta experiencia me recuerda ese año, la caminata, el grupo, los niños y las montañas. Trae sonrisas de satisfacción a mi mente y queda entre una de las mejores memorias en mi vida como consejero de campamento.

Mi perspectiva cambió. Mi manera de ser confidente fue intencional en los siguientes años. El Señor continuó puliendo mis habilidades en esta área.

Hoy en día, sirvo en un sitio de campamento, realizando programas y entrenando nuevos consejeros de cabaña. Las historias y experiencias similares continúan, no tienen fin.

Años más adelante, tuve el privilegio de ver a estos dos niños, siendo ya unos hombres. Verlos contraer matrimonio y formar sus propias familias, pero sobre todo firmes en la fe y sirviendo al Señor con sus profesiones. Todavía bromean al recordar esa experiencia.

 

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